CONVENTO LA BRETONERA

 

Situado a las afueras de la villa, al poniente, se fundó en un campo que se denominaba Bretonera, de ahí que también se llame el Monasterio de Nuestra Señora de la Bretonera. Su comienzo fue una comunidad de piadosas mujeres que , en 1358, pidieron al Papa les concediera la regla de Santa Clara para ajustar a ella su vida.

Se dice , fue arruinado en las guerras. El P. Lope de Salinas, en 1446,, fundó en convento de la Orden Tercera de San Francisco secundado por el Conde de Haro, y en 1460 éste señor obtuvo bula pontificia para erigir convento de la regla de Santa Clara.

Pocos años después se reparó el convento y se reedificó la iglesia con ayuda de dos religiosas hijas de don Bernardino de Velasco, doña María y doña Inés de Velasco, cuyas aportaciones, junto a las de otros miembros de la Comunidad, hicieron posible las citadas obras. El obispo de Burgos, don Luis de Acuña fua especialísimo bienhechor del convento, ampliando el edificio y recuperando algunas posesiones que estaban perdidas.

Otro gran bienhechor de éste convento fue Simón Ruiz Embito, famoso mercader, natural de Belorado pero residente en Medina del Campo. Bautizado en Santa María, acudió con donativos a las necesidades de la iglesia y del Monasterio de Santa Clara. En su testamento dejó un legado por 40.000 maravedíes en su favor.

Entre las religiosas que sobresalieron por su espiritualidad y eficacia, están las citadas hermanas María e Inés de Velasco, Casilda Calderón, Clara de Torres, Jerónima Martínez, Juana Rodríguez, Bernardina Samaniego, Francisca Valiente, Isabel Ordoñez y la primera priora, Gol González.

Con motivo de la Independencia, la comunidad se vió obligada a abandonar el Monasterio. A su regreso encontraron los altares de la iglesia convertidos en pavesas. El apoyo moral y económico de algunas personas generosas las ayudó a vivir su vida religiosa con normalidad por algunos años.

Tres decretos de Mendizábal entre 1835 y 1836 suprimían las Ordenes religiosas, excepto las que se dedicaban a pública beneficiencia, y sus posesines fueron confiscadas.

Privadas de sus bienes, casa y fincas, las religiosas se vieron sumidas en una extrema pobreza. En éste enojoso trance fue decisivo el apoy ode una dama de Belorado, doña Bonifacia del Campo.

Después de la Desamortización la vida del Monasterio se desenvolvió con normalidad, gracias al trabajo manual y a generosas donaciones.